El Fenómeno del Niño, ya no es una conversación sobre el próximo verano
HM
El 14 de agosto de 2026, la Comisión Multisectorial del ENFEN elevó la probabilidad de que El Niño Costero alcance magnitud extraordinaria a 41% — y fuerte a 43% — para el verano de 2026–2027. La temporada de lluvias comienza en septiembre. NOAA proyecta un 69% de probabilidad de que este episodio supere en intensidad a todos los registrados desde 1950. Y la mayoría de los edificios en Lima opera exactamente igual que hace seis meses.
Esa es la brecha que me preocupa.

El Niño no es una emergencia. Es un ciclo con ventana de preparación.
El error más costoso no es no saber que El Niño viene. Los datos están disponibles, son públicos y se actualizan cada dos semanas. El error es tratar el fenómeno únicamente como un problema de emergencia sacos de arena, bombas de agua, planes de contingencia redactados la semana anterior al evento. Esa es la lógica de quien administra consecuencias. No de quien gestiona riesgo.
El Niño de 1997–1998 produjo alrededor de US$1.200 millones en daños en Perú, según registros de INDECI recogidos por el Banco Mundial. La pregunta relevante no es cuánto costó. Es qué porcentaje de ese monto hubiera sido evitable con una lectura técnica anticipada de los activos expuestos, y con decisiones de inversión tomadas antes del impacto no después.

El riesgo climático físico vive dentro de los activos, no solo alrededor de ellos
Cuando se habla de El Niño en el contexto empresarial, el debate suele quedarse en el perímetro: acceso al edificio, cadena de suministro, movilidad de colaboradores. Eso es necesario, pero insuficiente.
El riesgo climático físico opera dentro de los activos, de forma silenciosa y acumulativa, mucho antes de que exista una emergencia visible. Las cubiertas e impermeabilizaciones que funcionan bien bajo lluvias normales tienen un límite de capacidad que los eventos extraordinarios superan. Los sistemas HVAC que operan al límite en un verano normal enfrentan una demanda adicional que puede ser la diferencia entre la continuidad y la paralización. Las salas eléctricas ubicadas en niveles bajos concentran un riesgo de interrupción que pocos propietarios han cuantificado. Los drenajes, el suministro de agua, las telecomunicaciones, la generación de respaldo, los proveedores críticos: cada sistema tiene una curva de vulnerabilidad que cambia radicalmente cuando las condiciones climáticas dejan de ser ordinarias.
El propietario suele conocer algunos síntomas. Rara vez dispone de una lectura integral que conecte la condición física del activo con sus consecuencias operativas y con las decisiones de inversión necesarias para protegerlo.

De la descarbonización a la resiliencia: la transición climática que aún falta
Durante la última década, la agenda climática empresarial se organizó casi exclusivamente alrededor de la mitigación: reducir emisiones, medir huella de carbono, alinearse con trayectorias Net Zero, reportar bajo TCFD o GRI. Esa agenda es legítima, necesaria y continuará siendo relevante. Pero representa solo la mitad de la transición climática.
La otra mitad es la adaptación: la capacidad de los activos, las operaciones y la infraestructura de seguir funcionando bajo condiciones climáticas que ya no son las del pasado. La diferencia entre mitigación y adaptación no es ideológica. Es temporal. La mitigación trabaja sobre el clima de 2050. La adaptación trabaja sobre el clima de diciembre de 2026.
Las organizaciones que comprenden esto están ampliando su conversación sobre riesgo. Ya no preguntan solamente cuánto CO₂ emite el activo. Preguntan qué puede interrumpirlo, cuánto tiempo puede permanecer operativo bajo condiciones extremas, qué sistemas son vulnerables y qué inversión debe priorizarse para proteger la continuidad, a las personas y el valor del activo a largo plazo. Esa es exactamente la pregunta que TCFD e IFRS S2 exigen responder — y que ningún estudio de escenario corporativo puede responder sin datos físicos del activo.

El portafolio cambia la escala del problema
Para quienes gestionan múltiples activos, la conversación tiene una dimensión adicional que pocas organizaciones han abordado con método: no todos los edificios tienen el mismo perfil de riesgo climático físico. La exposición depende de la ubicación, la antigüedad, el tipo de envolvente, el estado de los sistemas, la criticidad de las operaciones que alberga y la historia de mantenimiento acumulada.
Un portafolio sin esta lectura diferenciada no puede priorizar eficientemente su CAPEX de resiliencia. Tratar todos los activos con el mismo nivel de urgencia es tan ineficiente como ignorar el problema. La gestión inteligente del riesgo climático en un portafolio empieza por saber cuáles son los activos más expuestos, cuáles tienen mayor capacidad de absorber el impacto y cuáles requieren intervención antes de que la temporada de lluvias de septiembre decida por nosotros.
El Niño 2026–2027 como prueba de madurez organizacional
El comunicado oficial del ENFEN del 14 de agosto no garantiza un evento de magnitud equivalente al de 1997–1998. Los modelos tienen rangos de incertidumbre y los sistemas de alerta temprana existen precisamente para navegar esa incertidumbre con criterio. Pero la incertidumbre sobre la intensidad no es argumento para la inacción. Es el argumento exacto para lo contrario: preparar los activos de forma que sean capaces de absorber un rango amplio de condiciones, desde las ordinarias hasta las extraordinarias.
Las organizaciones que actúen en las próximas semanas no estarán respondiendo a un titular. Estarán ejecutando la función más básica de la gestión de activos: proteger el valor, la continuidad y a las personas que dependen de esa infraestructura. Las que esperen al primer evento de lluvias estarán administrando consecuencias con el CAPEX reactivo, el calendario de proveedores comprimido y la presión del directorio que eso implica.
La transición climática no se demostrará únicamente en una meta Net Zero para 2050. También se demostrará el día en que una condición climática extrema ponga a prueba nuestros edificios, nuestras operaciones y nuestra infraestructura, y estos sean capaces de continuar funcionando.
Ese día tiene fecha aproximada. La ventana de preparación se está cerrando.
Trabajo en la intersección entre activos construidos, riesgo climático físico y decisiones de capital. Si este tema es relevante para tu organización o portafolio, con gusto conversamos.

