Cuando “ESG” se vuelve una mala palabra, la sostenibilidad se vuelve más exigente
HM
El giro silencioso del mercado
Hay momentos en que el mercado hace un cambio sin hacer ruido. No porque cambie de rumbo, sino porque madura. Eso es lo que está ocurriendo con ESG: se discute más el término que el fondo, como si un cambio de vocabulario implicara un cambio de prioridad. Pero cuando el clima político se enrarece, lo que sobrevive no es el discurso: sobrevive lo que se puede demostrar.
Un sondeo global impulsado por GRESB y MIPIM, levantado entre octubre y noviembre de 2025, lo deja claro: 66% de los profesionales del sector sigue viendo la sostenibilidad como central, y mirando hacia 2026 casi nadie planea bajar el ritmo. Solo 4% dice que hará menos, mientras 44% planea hacer más y 51% mantener su nivel actual.

El cambio no es de prioridad; es de lenguaje
Lo más revelador no es el porcentaje de compromiso. Es el comportamiento: 29% de las firmas está cambiando cómo habla del tema y 14% evita el término “ESG” por completo.
No es un retroceso; es una adaptación. Y, en el fondo, una señal de madurez: cuando un tema deja de ser bandera y se vuelve gestión, la conversación deja de ser moral y se vuelve financiera.
El verdadero driver: capital
Cuando se pregunta qué impulsa la estrategia de sostenibilidad, la respuesta dominante es contundente: requisitos de inversionistas o lenders (49%). Luego viene creación de valor (38%) y recién después regulación (29%).
Esto define el nuevo marco mental: la sostenibilidad no se ejecuta para “verse bien”. Se ejecuta para sostener acceso a capital, proteger valor del activo y reducir riesgo. Podrás cambiar el lenguaje, pero no podrás cambiar lo que el mercado te va a pedir.

2026: las dos amenazas que ya están afectando el valor del activo
El mismo estudio muestra qué es lo que más amenaza el valor del activo en 2026: riesgo climático físico y cambios en la demanda del ocupante, ambos alrededor de 40%.
Este dato es un espejo brutal, porque implica que el mercado ya no está discutiendo “si” el clima importa. Está discutiendo “cuánto” te cuesta ignorarlo y “cuánto” te cuesta no adaptarte a lo que el usuario empieza a exigir: confort real, continuidad operativa y evidencia.
El gran freno: ROI
Cuando uno pregunta por qué no avanzan más rápido, la respuesta es tan pragmática como incómoda: el freno principal es capital y ROI (64%).
No falta urgencia; falta un caso de inversión defendible. Menos promesas y más ingeniería del desempeño. Menos iniciativas sueltas y más sistemas capaces de convertir performance en decisiones priorizadas.

La trampa del indicador único
Aquí es donde la discusión se vuelve seria: “resultados medibles” no significa mirar un solo número. Significa entender el sistema completo.
En data de Americas, la intensidad energética promedio muestra que sectores como Healthcare (279.7 kWh/m²) y Office (184.1 kWh/m²) se ubican por encima de umbrales de referencia, mientras Retail (200.5 kWh/m²) aparece como el único sector por debajo del umbral energético.
Pero el dato que cambia la conversación es este: ser eficiente no es lo mismo que descarbonizar. En la misma región, Retail lidera la intensidad promedio de emisiones con 47.8 kgCO₂e/m², por encima de Office (36.0), Residential (28.1) e Industrial (23.6).
En otras palabras: puedes estar “bien” en energía y aun así estar “alto” en carbono. Y eso empuja a una conclusión inevitable: el nuevo estándar no es optimizar un indicador aislado, sino operar con un sistema que conecte energía, agua, refrigeración, combustibles y mix eléctrico con una ruta verificable hacia cero emisiones.
De la etiqueta al desempeño medible
GRESB lo resume con claridad: el enfoque se está moviendo más allá de la terminología hacia resultados medibles, especialmente resiliencia y descarbonización.
Esto no es un cambio estético. Es el mercado subiendo la barra: menos “declaraciones”, más evidencia.
Lo que esto significa para Lima
Lima ya construyó reputación como “ciudad de edificios sostenibles”. Hay certificaciones, hay logos, hay orgullo. Pero el siguiente salto —el que define el valor real del portafolio— empieza después del certificado: cuando el edificio tiene que demostrar cada mes lo que promete. Menor OPEX, estabilidad de consumos, confort consistente, evidencia de mejoras, y una trayectoria creíble hacia cero emisiones.
El nuevo estándar no es tener un sello. Es sostener performance.
Y eso no se logra con iniciativas aisladas. Se logra con un sistema de gestión que convierta datos operativos en decisiones: energía, agua, residuos, confort y carbono bajo control continuo, con comparabilidad entre activos y con evidencia lista para auditorías, inversión y comités de riesgo.
Esa es la lógica del Portafolio Verde Net Cero: ordenar lo que estaba disperso y convertir desempeño en un activo financiero. No para “hablar ESG”. Sino para operar mejor, reducir riesgo y proteger valor.
La pregunta que separa a los líderes del resto
Si tu portafolio tuviera que defender su sostenibilidad frente a un inversionista exigente o un lender escéptico, ¿qué mostrarías?
¿Un certificado… o un historial verificable de desempeño?

